Nació en Santa Ana de Guadalupe, que pertenece al municipio de Jalostotitlán, en la zona de Los Altos de Jalisco, el 16 de abril de 1900.
Fue hijo de Patricio Romo Pérez y de Juana González Romo.
Como todos los niños, acudió a la escuela parroquial de su pueblo y a la edad de doce años, por consejo de su hermana y con el apoyo
de sus padres, ingresó al Seminario auxiliar de San Juan de los Lagos. María, además de hermana, fue una celosa promotora de la
educación de Toribio. Sus padres oponían resistencia a que estudiara, pues era un apoyo en las faenas propias del campo. "Quica",
como era llamada familiarmente María por sus parientes más cercanos, incluso contribuyó a infundir en él su vocación y fue quien lo
acompañó en todos sus destinos  para auxiliarlo auxiliarlo.
SACERDOCIO
Después de ocho años pasó al Seminario de Guadalajara. a los 21 años de edad debió solicitar dispensa de edad a la Santa Sede
antes de proceder a la recepción del orden presbiteral. El señor arzobispo Francisco Orozco y Jiménez le confirió el diaconado el 22 de
septiembre de 1922, y el 23 de diciembre del mismo año administró la ordenación sacerdotal. Prestó sus servicios ministeriales en
Sayula, Tuxpan, Yahualica y Cuquío. En la parroquia de este último destino se encontró con el señor cura Justino Orona, padre
bondadoso que le brindó su amistad.

La persecución callista contra la Iglesia Católica enardeció los ánimos de los habitantes de Cuquío y el 9 de noviembre de 1926 se
levantaron en armas más de trescientos hombres para repeler la opresión del Gobierno, que perseguía a muerte al párroco y a los
sacerdotes, quienes anduvieron a salto de mata huyendo de un lugar a otro, esperando de un momento a otro la muerte. El padre Toribio
escribió en su diario: ..."Pido a Dios verdadero mande que cambie este tiempo de persecución. Mira que ni la Misa podemos celebrar tus
Cristos; sácanos de esta dura prueba, vivir los sacerdotes sin celebrar la Santa Misa... Sin embargo, qué dulce es ser perseguido por la
justicia. Tormenta de duras persecuciones ha dejado Dios venir sobre mi alma pecadora. Bendito sea El. A la fecha, 24 de junio, diez
veces he tenido que huir escondiéndome de los perseguidores, unas salidas han durado quince días otras ocho... unas me han tenido
sepultado hasta cuatro largos días en estrecha y hedionda cueva; otras me han hecho pasar ocho días en la cumbre de los montes a
toda la voluntad de la intemperie; a sol, agua y sereno. La tormenta que nos ha mojado, ha tenido el gusto de ver otra que viene a no
dejarnos secar, y así hasta pasar mojados los diez días..."

Su gran amor a la Eucaristía le hacía repetir con frecuencia esta oración: Señor, perdóname si soy atrevido, pero te ruego me concedas
este favor: no me dejes ni un día de mi vida sin decir la Misa, sin abrazarte en la Comunión... dame mucha hambre de Ti, una sed de
recibirte que me atormente todo el día hasta que no haya bebido de esa agua que brota hasta la Vida Eterna, de la roca bendita de tu
costado herido. ¡Mi Buen Jesús!, yo te ruego me concedas morir sin dejar de decir Misa ni un solo día.

En septiembre de 1927, el padre Toribio tuvo que retirarse y desde el cerro de Cristo Rey lloró afligido porque tenía que dejar el pueblo,
decir adiós a su querido párroco; porque los superiores le ordenaban que se hiciera cargo de la parroquia de Tequila, Jalisco, lo cual no
era una misión apetecible ya que el municipio era entonces uno de los lugares donde las autoridades civiles y militares más perseguían
a los sacerdotes.
No se intimidó por ello y localizó una antigua fábrica de tequila que se encontraba abandonada cerca del rancho Agua Caliente, la utilizó
como refugio y lugar para seguir celebrando misas.; presintió que allí sería su muerte inevitable, y lo dijo: "Tequila, tú me brindas una
tumba, yo te doy mi corazón".

Por los graves peligros el padre Toribio no podía vivir en el curato de Tequila, y se hospedó en la barranca de Agua Caliete en la casa del
señor León Aguirre. En diciembre de 1927, el hermano menor de Toribio fue ordenado sacerdote y enviado también a Tequila como
vicario cooperador; a los pocos días llegó también su hermana María para atenderlos y ayudarlos.

MARTIRIO
El padre Toribio había ofrecido su sangre por la paz de la Iglesia y pronto el Señor aceptó el ofrecimiento. El Miércoles de Ceniza, 22 de
febrero, el padre Toribio pidió al padre Román (su hermano) que le oyera en confesión sacramental y le diera una larga bendición; antes
de irse le entregó una carta con el encargo de que no la abriera sin orden expresa. También pasó jueves y viernes arreglando los
asuntos parroquiales para dejar todo al corriente. A las 4 de la mañana del sábado 25 acabó de escribir, se recostó en su pobre cama
de otates y se quedó dormido.
De pronto una tropa compuesta por soldados federales y agraristas, avisados por un delator, sitió el lugar, brincaron las bardas y
tomaron las habitaciones del señor León Aguirre, encargado de la finca y un agrarista grita: "¡Este es el cura, mátenlo!" Al grito
despertaron el padre y su hermana y él contestó asustado: "Sí soy... pero no me maten"... No le dejaron decir más y dispararon contra él;
con pasos vacilantes y chorreando sangre se dirigió hacia la puerta de la habitación, pero una nueva descarga lo derribó. Su hermana
María lo tomó en sus brazos y le gritó al oído: "Valor, padre Toribio... ¡Jesús misericordioso, recíbelo! y ¡Viva Cristo Rey!" El padre Toribio
le dirigió una mirada con sus ojos claros y murió.

Estando muerto ya su hermano, la amarraron espalda con espalda con el cadáver, en tanto armaban una camilla de ramajes para
transportar el cuerpo del Padre Toribio.
Los verdugos lo despojaron de sus vestiduras y saquearon la casa para después llevarse presa a su hermana María a pie hasta el
poblado de “La Quemada”, sin permitirle que sepultara a su hermano, pero antes habían pasado frente a la presidencia municipal con el
cadáver del Mártir Toribio sobre la camilla improvisada con palos que transportaban unos vecinos, pero ahí, los soldados que, además,
iban silbando y cantando obscenidades al tiempo que los demás rezaban.

María, ya liberada de su breve aprisionamiento, descalza, así como estaba, viajó a pie hasta Guadalajara, a casa de sus padres, para
aislarse del odio, cobijarse en el amor paterno y llorar con los suyos la pérdida de su «querido niño».

La familia Plascencia consiguió permiso de velarlo en su casa y al día siguiente, domingo 26 de febrero, con mucha gente que rezaba y
lloraba, lo sepultaron en el panteón municipal.

Pasados algunos días su hermano el Padre Román, obediente, abrió la carta en Guadalajara, encontrándose con que era el testamento
del Padre Toribio y leyó su contenido: "Padre Román, te encargo mucho a nuestros ancianitos padres, haz cuanto puedas por evitarles
sufrimientos. También te encargo a nuestra hermana Quica que ha sido para nosotros una verdadera madre... a todos, a todos te los
encargo. Aplica dos misas que debo por las Almas del Purgatorio, y pagas tres pesos cincuenta centavos que le quedé debiendo al
señor cura de Yahualica..."

RELIQUIAS
El padre Toribio murió como mártir de la fe cristiana el 25 de febrero de 1928. Veinte años después de su sacrificio, los restos del mártir
Toribio Romo regresaron a su lugar de origen, y fueron depositados en la capilla construida por él, en Jalostotitlán. El 22 de noviembre
de 1992 fue beatificado, y el 21 de mayo de 2000 fue canonizado junto con 24 compañeros.


TESTIMONIOS
El séptimo día de la semana es el más socorrido por los fieles para visitar el templo donde se veneran los restos de Santo Toribio.
Vienen de diversos puntos de Jalisco, Zacatecas y Aguascalientes, aunque también han llegado algunos de Tabasco, Sinaloa y
Michoacán.
1.-En el improvisado estacionamiento se observan carros con placas estadounidenses, pero de dueños mexicanos. En uno de ellos
viaja Otilio, un joven moreno que viste botas vaqueras y sombrero tejano. Viene desde Nevada para ver al santo, quien hace poco más de
un año lo ayudó a cruzar la frontera.
"Un amigo y yo nos fuimos de Jalos con la intención de trabajar en el otro lado, pero estando cerca de la frontera nos asaltaron y nos
golpearon. Se llevaron todo nuestro dinero y estábamos desconsolados", cuenta Otilio mientras abre los ojos como si pudiera ver de
nueva cuenta lo que sucedió aquella noche. "No teníamos para pagarle al “pollero” ni para regresar a la casa. De repente, un carro se
detuvo a nuestro lado y un sacerdote nos invitó a subir. Le platicamos nuestra situación y nos dijo que no nos preocupáramos, que él
nos ayudaría a cruzar la frontera. Y eso hizo. No sabemos cómo, pero nos pasó por una vereda solitaria. Cuando nos dimos cuenta, ya
estábamos en Estados Unidos. Al bajar nos dio dinero y nos dijo que buscáramos trabajo en una fábrica cercana, que ahí nos iban a
contratar".

La voz de Otilio todavía se quiebra de emoción al narrar que, sumamente agradecidos, le preguntaron al cura su dirección para pagarle
el préstamo con su primer sueldo.
"Nos dijo: `Ustedes son de Jalisco, ¿verdad? Cuando ganen lo suficiente, vayan a Santa Ana y pregunten por Toribio Romo. Ése es mi
nombre'. Con el dinero pagamos el hospedaje y, efectivamente, conseguimos trabajo en el lugar que nos mencionó. Unos meses
después venimos a Santa Ana. Cuando entramos a la iglesia y vimos el retrato del altar, luego luego lo identificamos como el padre que
nos ayudó. Al preguntar por él nos dijeron que había muerto hacía 70 años. Nos pusimos a llorar y dimos nuestro testimonio". Desde
entonces, visita por lo menos una vez al año el templo de quien se ha convertido en su protector.

2.- El zacatecano Jesús Buendía Gaytán, un campesino de 45 años de edad, cuenta que hace 2 décadas decidió irse de indocumentado
a California para buscar empleo en alguna plantación. Se puso en contacto con un "pollero" en Mexicali pero, apenas cruzaron la frontera,
fueron descubiertos por la patrulla fronteriza y para escapar Jesús se internó en el desierto.

Después de caminar varios días por veredas desoladas y más muerto que vivo de calor y sed, vio acercarse una camioneta. De ella bajó
un individuo de apariencia juvenil, delgado, tez blanca y ojos azules, quien en perfecto español le ofreció agua y alimentos. Le dijo que no
se preocupara porque le indicaría dónde solicitaban peones.

También le prestó unos dólares para imprevistos. A manera de despedida el buen samaritano le dijo: "Cuando tengas dinero y trabajo
búscame en Jalostotitlán, Jalisco, pregunta por Toribio Romo".

Luego de una temporada en California, Jesús regresó y quiso visitar a Toribio. En Jalostotitlán lo mandaron a la ranchería de Santa Ana,
a unos 10 kilómetros del pueblo. “Ahí pregunté por Toribio Romo y me dijeron que estaba en el templo. Casi me da un infarto cuando vi la
fotografía de mi amigo en el altar mayor. Se trataba del sacerdote Toribio Romo, asesinado durante la guerra cristera. Desde entonces
me encomiendo a él cada vez que voy a Estados Unidos a trabajar”.  

PROCESO DE CANONIZACIÓN
Poco a poco, los fieles fueron llevando las reliquias que habían guardado con celo y aquellas que permanecían en el ataúd cuando lo
exhumaron: la ropa que portaba Toribio cuando lo mataron, su escapulario, su Biblia y gotas de su sangre cuidadosamente guardadas
en borlas de algodón.
A partir de ese momento comenzó a rendírsele culto en su iglesia y en la de Tequila. Casi de inmediato empezaron a endilgarle
milagros. El hermano del Padre Toribio, Ramón Romo, también sacerdote, y otros familiares se encargaron de recopilar testimonios en
unos cuadernitos que atesoraron por décadas con la esperanza de que sirvieran para canonizarlo.
A pesar de los numerosos milagros, el proceso de canonización duró años, debido a la complejidad del trámite.
Según el Concilio Vaticano II, "los discípulos de Cristo que pueden ser santificados han sido llamados no según sus obras, sino según
el designio y la gracia de Dios". Por lo mismo, las indagaciones tienen que ser muy precisas. Cada proceso de averiguación o de
recogida de pruebas debe estar a cargo del obispo, previo permiso de la Santa Sede. A ellos compete el derecho de investigar sobre la
vida, virtudes, martirio, fama de santidad y milagros.
Para ello, primero se recaban documentos o escritos inéditos y se interroga a los testigos. Luego se elabora el examen de los milagros
atribuidos y el de las virtudes y el martirio. Las investigaciones se envían por duplicado a la Comisión, junto con un ejemplar de los libros
de cada Siervo de Dios, para que se lleve a cabo una relación del juicio y se envíe al Vaticano, donde proceden a la misma investigación
de nueva cuenta.
Encuestas efectuadas en meses pasados por la Conferencia del Episcopado Mexicano revelaron que Toribio es uno de los santos más
populares, de los 29 mexicanos canonizados hasta ahora, gracias a los favores que concede a quienes emigran legal o ilegalmente a
Estados Unidos.

SANTA ANA, EN LA ACTUALIDAD
El templo de Santo Toribio está repleto de exvotos con dibujos que muestran a braceros en el acto de cruzar la frontera. La
guanajuatense Griselda Jiménez relata que se salvó, del asedio de los "polleros" que prometieron transportarla, gracias a la aparición
de un perro muy bravo, que alejó a los hombres y la guió hasta un rancho donde encontró alimento y trabajo.
El párroco Gabriel González, quien actualmente está al frente del templo de Santa Ana, asegura que de tres años a la fecha la veneración
por el santo ha ido en aumento.
Cuando se llevó a cabo el proceso de canonización, varios fieles de su iglesia rindieron testimonio ante la Comisión para las Causas de
los Santos. "Aquí han llegado enfermos de peritonitis, gente desahuciada, con tumores malignos... Todos se han curado por la
intercesión de Santo Toribio.
A ese tipo de milagros los llamamos comprobables, porque las radiografías, ultrasonidos y demás exámenes médicos sirven para
demostrar que, por causas que van más allá de la medicina, los pacientes sanaron.
La encomienda que tenía el padre Gabriel cuando llegó a la iglesia de Santa Ana era la de constituir, en un área aledaña, una zona de
retiro para sacerdotes, debido a la tranquilidad que reinaba en la zona. Mandó construir una posada para 240 personas, con terraza y
cancha de frontón, pero poco duró la serenidad en el lugar.
Hoy en día, además de cumplir con sus labores sacerdotales, se encarga de recabar y catalogar los milagros que ha realizado Santo
Toribio, registrándolos en casete y por computadora.
Pero el que se haya convertido en un investigador de la causa, no lo hace olvidar a los feligreses que llegan por centenas con la
intención de dar gracias y contar sobre los prodigios obrados en ellos.
De los 390 habitantes que conforman la población de Santa Ana de Guadalupe, poco más de 100 generan un ingreso económico para el
poblado. Se trata principalmente de mujeres, puesto que la mayoría son personas de la tercera edad y niños.
Los habitantes de Santa Ana se emplean en los servicios que se prestan a los visitantes, que van desde quienes preparan los alimentos
para los peregrinos, hasta los que atienden las tiendas de abarrotes y se encargan de los pequeños comercios de la zona.
Por cuenta de la capilla se regulan las actividades comerciales que se desarrollan en la zona.
Los voluntarios cada fin de semana se responsabilizan de la preparación de los alimentos que se venden a los llegados al lugar.
"Ofrecemos servicios de comida el domingo, un platillo en 18 pesos, es una comida limpia con sabor casero", afirma uno de los
voluntarios.
La popularidad de Santo Toribio ha cobrado fuerza; a él se le atribuyen favores tales como la resolución a problemas de emigrantes, la
cura a padecimientos de cáncer y la solución a secuestros. "En ocasiones hemos contado poco más de 200 autobuses, esto quiere
decir que son 8 mil personas, contando 40 (visitantes) por autobús, además de la gente que viene en vehículos particulares", dice
Socorro García, responsable de la tienda de abarrotes que se encuentra a un costado del templo. "Quien viene por primera vez en
domingo, siempre pregunta si es fiesta, porque hay mucha gente".
Las peregrinaciones han desatado un auge económico en Santa Ana: en los últimos meses se pavimentó la avenida principal, se instaló
alumbrado público y se multiplicaron las corridas de autobuses a Jalostotitlán y San Miguel el Alto.


Fuentes:
* Oremos Juntos
* Arquidiócesis de Guadalajara
* lagosvirtual.com
* sanjosemariaroblesh.org
* Acción Católica
* Extracto del libro: "Tuyo es el reino, mártires mexicanos del siglo xx" de Mons. Guillermo María Havers y G. Ramiro Valdés Sánchez


El Padre Toribio Romo González es uno de los santos mexicanos actualmente más conocidos en el país y también en los Estados
Unidos. Se le conoce popularmente como el Patrono de los Mojados, es decir, de los obreros mexicanos que pasan temporadas en los
Estados Unidos en busca del sustento familiar. Muchos de ellos, en la actualidad, se encomiendan a su protección y no quedan
defraudados.

Algunos fines de semana, la población de Santa Ana Guadalupe, que cuenta con 300 habitantes, en la región de Los Altos de Jalisco,
contempla la llegada de más de 50 autobuses repletos de peregrinos de diversas partes del país, quienes van a rezar ante la tumba de
santo Toribio Romo, a pedirle favores o también a agradecerle su protección durante algún momento difícil mientras se encontraban de
jornaleros en el vecino país norteño.

A la entrada de la población se levanta un arco monumental de cantera rosa, erigido en el 2000, el año de su canonización, por un grupo
de agradecidos braceros de Zacatecas que le reconocen como su protector.
SANTO TORIBIO ROMO
(1900-1928)

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